Cuando Polonia se clasificó para el Mundial de España 1982 nadie consideró a aquel equipo como favorito. Hasta que Boniek empezó a jugar. Uno de los mayores talentos europeos del fútbol de los 80, Boniek entendía el fútbol. Apoyado en aquella selección por otro gran jugador, Latto, Polonia se abrió paso por un Mundial plagado de grandes selecciones (la Argentina de Maradona, el Brasil de Zico, la Francia de Platini, la Alemania de Rummenigge…) hasta las semifinales.

Aquel talento duró poco en Polonia. Del impronunciable Zawisza Bydgoszcz pasó a la Juventus de Turín en la que encontró a otro gran futbolista con el que conversar: Michel Platini.

Los grandes jugadores hablan un idioma aparte, el del fútbol. Ese idioma no se juega con palabras, ni se dan gritos. Al menos esa es la sensación que da cuando se ve a dos grandes entenderse sin palabras sobre el campo.

Ese era el espectáculo que Boniek y Platini brindaban cada domingo y que les llevó a conquistar la Recopa de Europa de 1984 y la Copa de Europa de 1985. Considerado el mejor jugador polaco de todos los tiempos, Boniek tenía talento suficiente para jugar en Italia y triunfar. Y lo hizo. Podía jugar en el vértice del área y driblar hasta encontrar un hueco o podía arrancar desde atrás e irse por velocidad. La manera en la que lo hacía era lo bonito.

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